´´ Aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti , la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí, dijo Jehová el Señor``. (Jeremías 2:22)
Muchas veces hacemos alarde de fortaleza, nos exponemos a las grandes tentaciones y nos tomamos la libertad de pecar sin restricción alguna. Nos olvidamos de que toda tentación es peligrosa y que todo pecado siempre deja un rastro. No caemos en cuenta tampoco de que cada tentación y cada pecado van poco a poco debilitando los soportes de nuestra vida espiritual y siempre nos queda la señal. Un hombre puede sobrevivir el peligro de cien heridas, pero las cicatrices permanecen imborrables. Eulalia tenía una amiga cuya conducta era muy reprochable. Quiso visitarla un día y su padre Sofronio le aconsejaba que no lo hiciera.-¿Es que me crees muy débil?-, arguyó Eulalia. Su padre tomó un carbón apagado, lo puso en las manos de ella y luego le preguntó si el carbón la había quemado. Ella le respondió que no, pero que la había tiznado. Sofronio aprovechó la oportunidad para decirle:-Hija mía, así sucede en la vida. Hay muchas cosas que no nos hieren , pero nos manchan-. Somos pecadores y la ímproba lucha de nuestro ser es vencer el pecado que nos asedia. La tentación, como la serpiente que con su silbo melífluo, trata de adormecernos. Caemos en pecado y nos arrepentimos con dolor. Cedemos a la tentación y nos reprochamos a nosotros mismos por haberlo consentido. Pero pecar adrede y ceder a la tentación a sabiendas del peligro que trae consigo nos puede ocasionar un mal del cual tal vez nunca podremos recuperarnos. El solo recuerdo podría bastar para oscurecer toda la vida que nos quede. Lo que nos toca es vivir tan cerca de Dios que cuando la tentación y el pecado toquen a las puertas de nuestros corazones las encuentren herméticamente cerradas.